El macabro negocio de los robacadáveres

La medicina recurrió a 'resurreccionistas' sin escrúpulos para conseguir cadáveres para sus experimentos y la formación de sus alumnos.

Categoría: Azopotamad - Publicado: 20-11-2017

La fascinación por los cadáveres es un sentimiento bien arraigado en el ser humano. Prueba de ello son las disecciones anatómicas que hace dos siglos llegaron a convertirse en un espectáculocapaz de congregar a curiosos de todos los estratos sociales.

En 1768, William Hunter, un anatomista de prestigio, abrió las puertas de su Teatro de Anatomía en la calle Great Windmill de Londres. Se abastecía de los condenados a muerte en el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales. Lo habitual era que el reo, tras ser ahorcado, fuera conducido a la mesa de disección de Hunter para ser desollado, disecado y anatomizado.

Con el descubrimiento de la pila eléctrica, al espectáculo de la disección se añadió el peculiar arte de la reanimación de fiambres, campo en el que destacó el italiano Giovanni Aldini (1762-1834). Ofrecía por toda Europa un espeluznante espectáculo: la electrificación de un muerto. Su mejor actuación tuvo lugar el 18 de enero de 1803, en el Real Colegio de Cirujanos de Londres, cuando electrocutó el cadáver de George Forster, que había sido condenado a la horca por ahogar a su mujer y a su hija. Con diferentes electrodos por el cuerpo, Aldani consiguió que el ajusticiado empezara a moverse como si bailara una danza macabra. Algunos pensaban que realmente iba a resucitar al asesino; incluso las actas indicaban que, si eso sucedía, el condenado volvería a ser ahorcado.

Ya fuera para asustar a las damas de la alta sociedad o para conocer los intríngulis del interior del cuerpo humano, lo que se necesitaba era una buena provisión de materia prima: cadáveres. Y escaseaban. En el siglo XVII, la Universidad de Edimburgo, una de las más prestigiosas de Europa en materia médica, con más de quinientos estudiantes, solo disponía de poco más de tres cadáveres al año para las prácticas de anatomía y disección.

Por: Grecia Sotomayor Araujo

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